El agua tiende siempre al equilibrio pero a un equilibrio viviente y no a uno rígidoen el que la Vida, forzosamente se apagaría.Theodor Schwenck

No podemos retener el agua en nuestras manos, se nos escurre. Lo mismo sucede con muchos de nuestros sentimientos y emociones que con frecuencia se comportan como auténticos tsunamis que lo arrasan todo. ¿Qué hacer entonces?
Os invito a observar el comportamiento del agua cuando en su normal discurrir se encuentra con un obstáculo. ¿Cómo reacciona? Rompe su ritmo y comienza a crear formas elípticas, espirales y vórtices, uno tras otro. A través de esas cadencias el agua se reencuentra, recapitula, hace balance, se renueva, cobra nuevos bríos y después sigue tranquilamente su camino dibujando curvas compensatorias y pivotando siempre sobre un hipotético eje ideal en busca de un equilibrio perfecto que jamás lo va a encontrar y es que la perfección, querido lector, no existe. Caos y orden, muerte y resurrección son constantes cuando el agua trata de revitalizarse.¿Acaso no nos está mostrando un camino?
Desde que nacemos hasta que morimos, cada etapa de nuestro desarrollo físico-psíquico-espiritual o simplemente la elaboración de cada nuevo pensamiento vivo van acompañados de crisis cuya superación requiere travesías que no son precisamente rectilíneas y que en ocasiones provocan la caída en verdaderos vórtices anímicos negros donde somos literalmente machacados, centrifugados, y despojados de pegajosas capas de lastre. Entonces, como lo hace el agua, necesitamos permanecer serenos en nuestra propia atalaya interior, sin juzgar, sin oponer resistencia, aguantando el tipo y dejando que la corriente de la vida bañe nuestro ser íntimo. Consciencia y paciencia pues, podrían ser las claves para que de la oscuridad resurja el nuevo ser trasmutado en Fontana Blanca en la que van a brillar con luz propia las cicatrices creadas en el andar, fieles testigos del peaje pagado en nuestro proceso de crecimiento y evolución.